domingo, 28 de mayo de 2017

IV, 21. Una marca sociolingüística en Covarrubias

Un día estupendo el de hoy para practicar deporte. Me levanto, pues, bajo a la biblioteca, busco y encuentro el tocho —«El saber no ocupa lugar», sostiene el ente conocido como sabiduría popular— de la edición Riquer de «El Covarrubias», acarreo sus 1,8 kgs., según dicta la báscula del baño, a la que interrogo para verificar o falsar la hipótesis de un refranero que cuando no se contradice persiste en la costumbre de equivocarse, vuelvo a sentarme, estudio algunos lugares del Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, 1611), tomo notas, enciendo el ordenador, al otro lado de la pantalla los veo a ustedes, me pongo a escribir. Qué duro esto del pentatlón.
A Sebastián de Covarrubias le sucedía igual que a su contemporáneo Cervantes: como no tenían abuela, tiraron —en consecuencia y a base de bien— de automarketing. A aquellas alturas de principios del siglo XVII, ambos sabían que la falsa humildad es una pose patética, incompatible además con la industria editorial que estaba por entonces naciendo. El yo pasaba a un primer lugar destacadísimo. Hasta hoy:

sospecho yo que si alcançara Su Magestad […] ser cosa possible colegir las [etimologías] de su propia lengua castellana, que no con menos cuydado lo apeteciera y procurara executar. Pero hasta agora ninguno se ha atrevido a esta empressa; y los que lo han intentado, vencidos de un trabajo inmenso, han desistido della, por la mezcla de tantas lenguas de las quales consta la nuestra. Yo, con el desseo que he tenido y tengo de servir a V. M., he porfiado en este intento, hasta que Dios ha sido servido llegasse a verle el fin, al cabo de muchos trabajos, de los quales la obra dará testimonio, a costa de mi salud y sossiego. («Señor», fol. Hr)

De este orgullo de etimologista que ha alcanzado el éxito profesional queda otro rastro en la entrada lengua de su diccionario: «De aquí se puede colegir quán dificultoso sea dar origen a todos los vocablos castellanos; y ésta ha sido la causa de que muchos que lo han emprendido desisten muy desde los principios, contentándose con dar la etimología de qual y qual vocablo» (p. 759b). Así se expresaba el autor del primer diccionario monolingüe de español, el Tesoro de la lengua castellana o española, obra «llevada a cabo en solitario por un hombre de cualidades excepcionales» (Azorín Fernández). El Tesoro, una espléndida enciclopedia disfrazada de diccionario general y de etimologías muchas veces fantásticas, influyó durante más de un siglo —de acuerdo con las enumeraciones de Azorín y de Esparza— sobre lexicógrafos posteriores: Oudin, Franciosini, Ménage, Richelet, Furetière, Stevens y el Diccionario de autoridades de la Academia.
En la entrada raza, Covarrubias agrupa las siguientes acepciones, que ahora separo —respetando el orden en que aparecen—, modernizo y numero de acuerdo con el esquema que obtuvimos al analizar los usos antiguos:

[1.2.1] raza: la casta de caballos castizos, a los cuales señalan con hierro para que sean conocidos.
[2.4] raza en el paño: la hilaza que [se] diferencia de los demás hilos de la trama. Parece haberse dicho cuasi reaza, porque aza en lengua toscana vale hilo. Y la raza en el hilo sobrepuesto desigual.
[1.1.1] raza en los linajes: se toma en mala parte, como tener alguna raza de moro o de judío.

Frente a los lexicógrafos anteriores y a sus contemporáneos, a Covarrubias se le ve más atento al uso, por lo que ni considera las acepciones [2.2], ‘raza del sol’, y [3], ‘cepa’, pero es el primero en incorporar la subacepción [1.2.1]. En cuanto a [2.4], distingue sutilmente —tirando de una de sus frecuentes etimologías inventadas—, entre «hilo diferente» e «hilo sobrepuesto desigual». Este segundo sería la tacha que desde el principio habían detectado los diccionarios.
Pero lo más llamativo de la entrada de Covarrubias es la incorporación a la acepción [1.1], ‘linaje humano’, de la subacepción [1.1.1], ‘raza maldita’, según el añadido explícito de un matiz sociolingüístico peyorativo: «se toma en mala parte». Si en su manuscrito de h. 1601 Rosal había establecido la secuencia raritas (‘rareza de la tela’) > ralea > ‘tacha’ > ‘mal linaje’ > ‘grupo humano’, Covarrubias suma la idea de ‘grupo humano’ a raza, ‘fallo’, y circunscribe tal fusión a los malditos —musulmanes y judíos— en aquella sociedad del XVI, sociedad de castas y limpieza de sangre que por ejemplo hablaba de «caballos castizos». Hasta el punto de que las subacepciones [1.2.1] y [1.1.1] se oponen no sólo por sus referentes (équidos / humanos), sino por su consideración: casta positiva / casta negativa.
En 1611 hallamos, por tanto, la primera constatación en un diccionario de la dimensión sociolingüística racista en el uso de la palabra raza. Lo digo así, con anacronismo, para entendernos, porque racismo y racista entraron en el idioma a mediados del siglo XX y en los diccionarios anteayer: en 1970.
Lexicógrafos que se limitaron a reproducir a Covarrubias fueron Franciosini (1620), que define en primer lugar raça o raza, «la razza de caualli», y luego, por este orden, raça en el paño, raça y raça del Sol; y Henríquez (1679), que presenta esta disposición (incluida en la entrada Raiz), donde la letra C parece remitir a la fuente que fue Covarrubias, cuyo orden desde luego sigue, igual que la marca sociolingüística negativa sobre raza, ‘linaje con ignominia y mancha’ («ignominia, macula»):

[1.2.1] Raza en los caballos: semen generosum. [2.4] En el paño: filum crassum, seu adulterinum. [1.1.1] Raza en linage: generis nota, ignominia, macula, C.

También Stevens (1706) se hace eco de la mancha sociolingüística sobre raza que detectó Covarrubias, de la que señala que se aplica a los judíos:

[1.1] Ráça, a Race, Stock, Kind, or Breed. [1.1.1] Absolutely spoken it is understood of one of a Jewish Breed.
[2.2] Ráça del sol, a Ray, or Beam of the Sun.
[2.4] Ráça en páño, a thin place ill wove in Cloth.

Su novedad estriba en incorporar la voz raçádo, «that has many thin places, ill Woves», esto es, ‘tejido raído’. Por lo demás, en esos inicios del siglo XVIII, los lexicógrafos tendían a simplificar, que se iba echando encima el neoclasicismo: Sobrino (1705) sólo define ya [1.1], raça, «race, lignée», lo mismo que Bluteau (1721), quien vierte raça al tan próximo portugués así: «Id» (‘lo mismo’).
Que es el colmo de la definición tuitera o sucinta[1].

[1] Además de S. de Covarrubias, Tesoro de la lengua castellana o española, ed. M. de Riquer [1943], Barcelona, Alta Fulla, 1987 (y D. Azorín Fernández, «La labor lexicográfica de Covarrubias», Revista de la Asociación Europea de Profesores de Español, 36-37 [1989], pp. 81-90, y M. Á. Esparza Torres, art. cit.), se han consultado otros cinco diccionarios: Lorenzo Franciosini, Vocabolario español-italiano […] (Roma, 1620); Baltasar Henríquez, Thesaurus utriusque linguae hispanae et latinae (Madrid, 1679); John Stevens, A new Spanish and English Dictionary. Collected from the Best Spanish Authors Both Ancient and Modern […] (Londres, 1706); Francisco Sobrino, Diccionario nuevo de las lenguas española y francesa (1705), y Raphael Bluteau, Diccionario castellano y portuguez para facilitar a los curiosos la noticia de la lengua latina […] (Lisboa, 1721).


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