sábado, 10 de junio de 2017

V, 21. Gato jurisconsulto al horno

«El autor trata de epatar al lector con hechos desconcertantes que son la causa del éxito de escritores psicópatas». Justo Gárate extraía esta ley al explicar la falsedad de la covada (cfr. «III, 50. Del rigor de la ciencia social (1)») y asentar un principio universal sobre el vínculo entre el hambre (un «impostor voluntario») y las ganas de comer (la innumerable audiencia): un autor «entusiasta y carente de control crítico», de esos que «se aferran a lo extraño», suele afirmar «algo más de lo que puede comprobar», lo que termina echando raíces en el pueblo, hábitat en que «los mitos y errores» desarrollan su «gran tendencia a conservarse y perpetuarse».
Hay enunciados que compiten aventajados con uno muy conocido: «Que la realidad no te estropee un buen titular». «El microondas que sentó jurisprudencia», post que ronroneó por aquí el otro día, enlaza perlas con fruición: el mito moderno o la leyenda urbana del gato microondeado estará trazado por «rumores», ¿vale?, pero, «no obstante, rumores que han llegado a sentar jurisprudencia», dado que, «de un modo u otro, desde los ochenta, todos los manuales de instrucciones de microondas incluyen una advertencia al respecto». Algo tal que así, supongo: ¡Mucho ojito! No poner en marcha tales electrodomésticos con felinos vivos dentro, vaya a ser que. Aunque la impostora voluntaria del texto oscile entre conceder que el hecho «sucedió» o dejarlo «simplemente» en «un rumor», llega con facilidad, desparpajo y ágil salto lógico de pértiga a una conclusión en que la mentira y la verdad son idénticas:

Generar un rumor es sencillo, pero sentar jurisprudencia no […]. De ahí que cuando la realidad supera la ficción, sucedan cosas como las del gato y el microondas; incluso no pudiendo comprobar la fuente, algo en los ochenta generó tal malestar hacia dicho electrodoméstico que la ley tuvo que ponerse manos a la obra y legislar al respecto.

¿Cómo explicar este fantástico caso de posverdad jurídica o, diríamos, de jurisprudencia imprudente? Pues, como siempre, enlazando piezas del pasado: algo ha tenido que oír alguien en clase; o bien que durante el botellón del finde se le traspapeló a ese alguien un folio de apuntes tomados con desgana; o… Qué va, qué va. Resulta que alguien había oído bien: Alfredo Bullard, abogado y profesor universitario, enumeraba en «¿Es el consumidor un idiota? El falso dilema entre el consumidor razonable y el consumidor ordinario», Revista de la Competencia y la Propiedad Intelectual, 10 (2010), pp. 5-58, «algunos casos que muestran el dilema entre un consumidor razonable y uno ordinario», como por ejemplo —sí, lo han adivinado—,

Una mujer mayor solía secar a su gato, luego de bañarlo, colocándolo en su horno de gas a muy baja temperatura (lo que ya es de por sí bastante idiota). Un día su yerno le regaló un horno de microondas y no tuvo mejor idea que colocar su gato y encender el horno «bajito». El pobre gato falleció de una manera espantosa. El resultado no se hizo esperar: el fabricante de microondas fue demandado por no haber advertido que no se podían secar gatos en su producto. (p. 6)

Reconoce Bullard que, en la serie que menciona, se cuelan «leyendas urbanas, pero […]» pelillos a la mar: «[…] pero en cualquier caso reflejan que muchas veces los consumidores cometen estupideces de las que los proveedores son responsabilizados» (p. 7). Como en el post del 2016, ¿qué más dará si la sentencia puede citarse o si nunca existió porque no hubo caso? Esta segunda opción, además, ahorra la trabajera de consultar archivos y sortea por tanto el peligro de que aparezca la sentencia de marras y haya que leérsela, subrayarla, sintetizarla, conectarla con otras, pensar sobre ella… Lo que facilita la operación de escribir sin parar. O de republicar: como el artículo sin duda lo merecía, volvió a salir tal cual en el colectivo Ensayos sobre protección al consumidor en el Perú, Lima, Universidad del Pacífico, 2011, pp. 183-229. Los fragmentos citados, pues, volvieron a repetirse (pp. 187-188) y por tanto contribuyeron a esa gran tendencia de los errores a conservarse y perpetuarse que observó el doctor Gárate.
La Gran Cadena del Ser Inexacto, diríamos, o que la cosa venía de antes: en «La responsabilidad civil por daños causados por productos defectuosos. La Ley 22/1994, de 6 de julio», Jueces para la Democracia, 26 (1996), pp. 30-38, Rafael Sarazá Jimena discurría sobre «la situación existente en Norteamérica, en referencia al fenómeno conocido como litigation desease, en la que se han dado casos de sentencias […] con condenas por hechos grotescos», tal que el «del gato muerto al ser secado en el microondas» (p. 38). En España, sin embargo, sí que sabemos: «Una simple hojeada a la jurisprudencia del Tribunal Supremo nos muestra que los problemas planteados ante los Tribunales no hacen referencia a señoras histéricas que meten al gato en el microondas» (p. 38). Natural: apuntando al uso razonable y la presentación (empaquetado, etiquetado, instrucciones, publicidad) del producto como aspectos para calibrar su seguridad, la Ley 22/1994 española «no ampara absurdos como los referidos por el profesor De Ángel Yagüez al comentar algunas sentencias norteamericanas» en su Tratado de responsabilidad civil (1993), «como las que concedían una indemnización a una señora cuyo gato había muerto en el interior de un horno microondas» (pp. 32 y 34). Por fin. Se acabaron las tonterías: en 1993 hubo un profesor que hojeó las sentencias y comentó la del gato microondeado y otras en un señor Tratado. Ahí tienen que figurar las fuentes exactas, la documentación precisa, los detalles del caso. El lunes voy a la biblioteca de la Facul —o como se diga ahora— de Derecho y lo pido en préstamo.
Que recuerde, es la primera vez que deseo que llegue un lunes.


domingo, 4 de junio de 2017

V, 20. El gato microondeado en la posverdad

La historia les será tan familiar como los gatos y los microondas. Al menos, anda extendida por la Red con sus variantes y 50.000 resultados en el almacén de ofertas baciyélmicas o verdadero-falsas de Google. «El (horno) microondas llegó para quedarse hace ya 67 años» (El plural.com, 26-8-2014) la tacha de leyenda urbana, ¿saben aquel que diu?: «la mujer que tenía un gato que se había mojado y que decidió meterlo en el microondas para secarlo», operación que «el minino» fue incapaz de soportar, lo que determinó su fallecimiento «ipso facto». Después, la microondeadora «decidió demandar a la marca del horno porque ‘no advertía de esa posibilidad’. La mitología callejera concluía que la señora había ganado el juicio y logrado una suculenta indemnización», y que después «un joven americano» siguió su ejemplo: «El autor de la animalada, lejos de recibir una suma de dinero por parte de la marca, fue condenado a labores sociales en su comunidad».

domingo, 28 de mayo de 2017

IV, 21. Una marca sociolingüística en Covarrubias

Un día estupendo el de hoy para practicar deporte. Me levanto, pues, bajo a la biblioteca, busco y encuentro el tocho —«El saber no ocupa lugar», sostiene el ente conocido como sabiduría popular— de la edición Riquer de «El Covarrubias», acarreo sus 1,8 kgs., según dicta la báscula del baño, a la que interrogo para verificar o falsar la hipótesis de un refranero que cuando no se contradice persiste en la costumbre de equivocarse, vuelvo a sentarme, estudio algunos lugares del Tesoro de la lengua castellana o española (Madrid, 1611), tomo notas, enciendo el ordenador, al otro lado de la pantalla los veo a ustedes, me pongo a escribir. Qué duro esto del pentatlón.

viernes, 19 de mayo de 2017

III, 56. Manual para tertulianos avezados (y 2)

Con ser breves, convendrá jibarizar Los eruditos a la violeta en diez mandamientos para fábrica de tertulianos que, total, ya de por sí reducen el mundo y la vida al monotema de la política. Es que nuestro hoy sigue colgado del viejo arquetipo de Yavé preparando su divino esquema, o chuleta braseada en zarza, para Moisés, y tira que es un primor de decálogos —como el integrado de Gates o el apocalíptico y apócrifo de Chomsky— que adjuntar a la puerta del frigorífico, aunque sea mucho también de capsulillas de viaje espacial o de parafarmacia. Y por aquí habrá que empezar.

domingo, 14 de mayo de 2017

III, 55. Manual para tertulianos avezados (1)

Diez años antes de morir mientras echaba la tarde bombardeando Gibraltar, el coronel José Cadalso (1741-1782), artillero, libertino y progresista, publicó bajo seudónimo Los eruditos a la violeta, o Curso completo de todas las ciencias, dividido en siete lecciones para los siete días de la semana. Compuesto por don Joseph Vázquez, quien lo publica en obsequio de los que pretenden saber mucho, estudiando poco (Madrid, Antonio de Sancha, 1772). Pretendía el libelo «reducir a un sistema de siete días toda la erudición moderna», para consumo de «un número asombroso de profundísimos doctores de veinte y cinco a treinta años de edad» (p. 5). A tales pseudoeruditos —«(si se me permite esta voz)», dicta la «Advertencia»—, cuyo «exterior de sabios puede alucinar a los que no saben lo arduo que es poseer una ciencia», enderezó Cadalso «este papel irónico, con el fin de que los ignorantes no los confundan con los verdaderos sabios». Uno va leyendo el panfleto y representándose a los tertulianos de los medios —o mediotertulianos— y a tantos tuiteros vacuos.