martes, 15 de agosto de 2017

IV, 22. Endogamia y biodiversidad

Situados ya en las puertas del XVII con el caso de Covarrubias, y antes de continuar explorando la historia de la palabra raza en sus definiciones y usos, convendrá trazar un mapa del sistema social en que se produjeron los hechos de habla y se desarrolló la tarea de los lexicógrafos. Como ante las complejidades y complicaciones de cualquier sistema del pasado, el observador actual tiende a traducirlas filtrándolas a través de los rasgos del modelo en que vive él. Inevitable entonces que en esa operación el pasado se simplifique.
Digamos que tal sistema era el producto derivado del cruce de dos subsistemas. El primero reprodujo la oposición universal (poderosos / no poderosos) de la jerarquización humana, que se asienta en la desigual distribución de los recursos económicos y simbólicos. En ese período de la España que examinamos, tal oposición se actualizó como aristócratas (e hidalgos) / labradores. El segundo subsistema se basaba en una desigualdad simbólica de tipo religioso, que asimismo fue identificada con la raza: cristianos viejos / cristianos nuevos o conversos (musulmanes y judíos). Más específica aún de aquella coyuntura española resulta dicha imbricación —que puede hacer incomprensible para nosotros el sistema resultante—, pues los cristianos viejos formaban también entre los dominados (en cuanto labradores), mientras que conversos enriquecidos habían accedido a la aristocracia mediante la compra de títulos. Como ocurre siempre, el poder económico y simbólico es un líquido que se dispersa desigualmente —pero se dispersa— por las diversas cañerías del sistema. «El hidalgo con cualquiera raza», y no sólo la cristiana vieja, era posible. Más aún: fue real, por lo que «no deja de tener un color aunque turbio de nobleza». Veámoslo.
El laboratorio de la Historia es la biblioteca. Leer es experimentar. De modo que el experimento historiográfico, como el científico, es repetible en la lectura atenta, esto es, en la relectura. «¿Cuál tenéis por mejor suerte, la del hidalgo con raza que no sea de labrador o de labrador limpio?», pregunta Lorza en el Diálogo de los pajes en que se trata de la vida que á mediados del siglo XVI llevaban en los palacios de los Señores, del galardón de sus servicios, y del modo como los Grandes se gobernaban y debieran gobernarse (1545), de Diego de Hermosilla, que cito por la edición de Madrid, Imprenta de la Revista Española, 1901. Adentrándose así en «materia» que resulta ser «tan odiosa y enojosa» (pp. 26-29), le responde su interlocutor Godoy:

El hidalgo con cualquiera raza no deja de tener un color aunque turbio de nobleza, y por ella [1] no paga pecho ni tributo alguno, [2] ni puede ser preso por deuda si no fuere del Rey, o procediese de delito o darle tormento, si el juez del reino no quiere, [3] puede fiar y desafiar sin osar y otros privilegios que se les guardan […], de los cuales carece el labrador por limpio que sea, pero siéndolo [4] pueden sus hijos tener cargos y oficios en el Santo Oficio de la Inquisición, [5] ser comendadores de cualquier encomienda, [6] canónigos en Toledo, en Sevilla y en las otras iglesias, [7] colegiales en todos los colegios de España, frailes de cualquiera orden, todo lo cual estorban e impiden todas las otras razas por muy hidalgo que sea el que lo tuviese, salvo la raza del labrador; y para poderse confiar fuerza o fortaleza ha de ser hidalgo de padre y de madre, según la ley de Partida […].

La historia de la palabra raza debe dar cuenta de sintagmas —para nosotros tan inesperados— como éste de «la raza del labrador», una evidencia que nos pone ante el casticismo. Para sistematizarlo, trasvasaré a un cuadro el fragmento recién citado, en el que he numerado los privilegios que Hermosilla va desgranando y que son distintos para el «hidalgo con cualquiera raza» y para el «labrador por limpio que sea»:

Posición socio-económica
Religión
Privilegios económicos y políticos


Hidalgos
[nobleza]

Cristianos viejos
1. No pagar impuestos
2. No ser presos ni recibir tormento
3. Desafiar
Privilegios 4, 5, 6 y 7
Conversos (judíos)
Privilegios 1, 2 y 3
Sin privilegios 4, 5, 6 y 7


Labradores
[pueblo llano]


Cristianos viejos
Sin privilegios 1, 2 y 3
4. Oficios en la Inquisición
5. Comendadores
6. Cargos eclesiásticos
7. Estudiantes universitarios
Conversos (judíos
y musulmanes)
Sin privilegios

Que raza se identificaba en este tiempo con pertenencia a un culto religioso lo muestra la nueva pregunta de Lorza: «¿de cuál confiáis vos más, de confeso entero o del que tiene raza de ello, sea hidalgo o labrador?». Godoy responde retóricamente, asimilando esa raza de confeso con el uso, extendido desde mediados del siglo XV, de raza como ‘linaje equino’: «¿cuál es malo comúnmente?, ¿[1] el hijo del caballo y yegua, o [4] del asno y borrica, o [2] de la yegua y el asno, o [3] el de la borrica y caballo?», subrayando cuatro posibilidades de combinación en tal sistema sociorreligioso múltiple. Puntos de una gradación que van —interpreto— del polo [1] (entre hidalgos cristianos viejos) al [4] (entre labradores conversos), pasando por los puntos intermedios [2] (entre hidalgos conversos y labradores cristianos viejos) y [3] (entre labradores cristianos viejos e hidalgos conversos). Dadas la impureza parcial de las combinaciones [2] y [3] y la completa de la [4], Lorza sostiene que «más traiciones tiene y menos se puede confiar de un mulo o de una mula que de esos otros», es decir, que, como concluye Godoy, «la confusión y mezcla de especies diferentes hacen casi otra naturaleza, que trae consigo la mudanza de la complexión y costumbres, si por otra causa y razón secreta no faltase esta regla en algunos hombres». En román paladino: aunque detestadas por el sistema, las mezclas entre castas se producían. Que la endogamia reduce la biodiversidad, pero ésta resulta imprescindible para sostener la vida.
Sí: el racismo, tal que el purismo, mata.


domingo, 30 de julio de 2017

V, 23. Pedro Salinas y los marquetineros

Permítanme la hipérbole: se ha puesto de moda, al fin, Pedro Salinas. Vienen leyéndolo ahora los poetas como lo que siempre fue, uno de los mejores del Veintisiete (o, según Carlos Marzal, como «una de las cristalizaciones literarias del 27 que mejor soporta, en su totalidad, el paso del tiempo»), y van los marquetineros inspirándose por doquier en unos versos suyos, «Es que quiero sacar / de ti tu mejor tú», para anunciar señeros liderazgos, educaciones superiores, tierras de promisión o al menos de promoción turística. Algún crítico del próximo futuro se sentirá movido a justificar este incremento de la recepción saliniana. Para ese estudio de la publicitaria voz a ti debida, Salinas, vaya aquí un hilo del que tirar.

sábado, 24 de junio de 2017

V, 22. Bibliografía con gato encerrado

Extraeré de la reflexión que condujo sobre la covada el doctor Gárate —copiándose entre ellos, los investigadores sociales del XIX estudiaron con gran detalle este fenómeno, del que podría aseverarse lo que «Lugones del canibalismo de los guaraníes: “Nadie lo vio”»— una segunda ley: «es difícil agotar una bibliografía. En cambio se pueden ver sus relaciones de dependencia e inspiración», pues «hasta las mismas palabras y erratas son llevadas de uno a otro» de los trabajos (Literaventuras, «III, 51. Del rigor de la ciencia social (2)»).

sábado, 10 de junio de 2017

V, 21. Gato jurisconsulto al horno

«El autor trata de epatar al lector con hechos desconcertantes que son la causa del éxito de escritores psicópatas». Justo Gárate extraía esta ley al explicar la falsedad de la covada (cfr. «III, 50. Del rigor de la ciencia social (1)») y asentar un principio universal sobre el vínculo entre el hambre (un «impostor voluntario») y las ganas de comer (la innumerable audiencia): un autor «entusiasta y carente de control crítico», de esos que «se aferran a lo extraño», suele afirmar «algo más de lo que puede comprobar», lo que termina echando raíces en el pueblo, hábitat en que «los mitos y errores» desarrollan su «gran tendencia a conservarse y perpetuarse».

domingo, 4 de junio de 2017

V, 20. El gato microondeado en la posverdad

La historia les será tan familiar como los gatos y los microondas. Al menos, anda extendida por la Red con sus variantes y 50.000 resultados en el almacén de ofertas baciyélmicas o verdadero-falsas de Google. «El (horno) microondas llegó para quedarse hace ya 67 años» (El plural.com, 26-8-2014) la tacha de leyenda urbana, ¿saben aquel que diu?: «la mujer que tenía un gato que se había mojado y que decidió meterlo en el microondas para secarlo», operación que «el minino» fue incapaz de soportar, lo que determinó su fallecimiento «ipso facto». Después, la microondeadora «decidió demandar a la marca del horno porque ‘no advertía de esa posibilidad’. La mitología callejera concluía que la señora había ganado el juicio y logrado una suculenta indemnización», y que después «un joven americano» siguió su ejemplo: «El autor de la animalada, lejos de recibir una suma de dinero por parte de la marca, fue condenado a labores sociales en su comunidad».