sábado, 22 de abril de 2017

IV, 18. Rayo, raído, raíz: hacia «raza»

¿Y cuando abren durante ese segundo que se va, un viejo álbum custodiado en el cajón del ángulo oscuro, una carpeta del ordenata, la nublada Instagram… para revisar una colección de fotos suyas? ¿Alguna probable conclusión? Todo, sí, cambia, razón por la cual cierta norma subyacente —y paradójica, ojo— rige la condición humana y sus creaciones: la permanente transformación. Los poliédricos procesos de metamorfosis en que opera esa ley son el espacio donde a sus anchas se mueven las Humanidades. La etimología y la lexicografía, por ejemplo. Echemos un vistazo —en el Nuevo Tesoro Lexicográfico de la Lengua Española[1], de la Academia— al caso de raza, voz que devuelven múltiple los ecos de los recovecos de la Historia.
En el principio fueron los dos Vocabularios hispano-latinos (1494 y 1516) de Nebrija y la estirpe de glosarios bilingües: de castellano con arábigo (Alcalá, 1506), toscano (Casas, 1570) e inglés y latín (Percival, 1591). En sus entradas, que ahora fusiono, raça no figura como término independiente, sino participando en dos conglomerados, que numero de acuerdo con la estratificación de acepciones que presenta el DRAE actual para los homónimos raza2 y raza1:

[2.2] raça del sol: radius solis per rimam; raggio del sole; the sun beame.
[2.4] raça del paño: panni raritas; resca; the place where cloth is seere or thine.

Alcalá incluía también, como unidad léxica, raça, que López Tamarid (1585) definió, con sentido procedente del árabe y no recogido hoy por el DRAE, según el modo sintético que los viejos glosadores legaron a Twitter:

[3] raça: cepa o rayz.

Incorporando las correspondientes equivalencias del francés, Palet (1604) y Oudin (1607) añadieron una cuarta acepción, referida a lo que el DRAE clasifica hoy como raza1, y que andando el tiempo acabaría por sepultar a las anteriores:

[1.1] raça o raza: race, lignee, generation.

Pudiera pensarse que esta acepción [1.1] deriva de [3]; pero antes que las suposiciones, los hechos: el testimonio de un médico cordobés, Francisco del Rosal, dando razón etimológica —es decir, histórica (o sea, cambiante)— de raça, al sostener la evolución [2.4] à [1.1]. Fue en un oscuro legajo de hacia 1601, Origen y etymología de todos los vocablos originales de la Lengua Castellana, del que se conserva traslado dieciochesco debido al fraile agustino Miguel de Zorita. Así explicaba raça Rosal:

falta en el paño, es Ráritas [2.4: esto es, el mismo latinajo de Nebrija] y así la llamaron Raléa, que era rareza de pelo, y despues pasó a significar la falta de linage, que así tambien decímos de linaje: en el mejor paño cae la mancha. Después pasó a significar el Linage y Descendencia [1.1] indiferentemente. Aunque Raça de paño parece del Griego Racos, que es el paño ruin y roto [2.4]. Pero Raça de Sol [2.2], Racha ò Raja, del Griego Ragas, que es la hendedura en la madera [2.1]; y de allí Raya, que es señal de la hendedura.

En estos inicios del XVII, los lexicones registraban tres acepciones principales para raza. Al amalgamar la información de Palet y Oudin con la suya —«en lexicografía eso de la independencia es cosa poco frecuente», sostendrá en 2007 Esparza Torres—, Vittori (1609), además de dibujar el mismo panorama que ellos, hacía cumplir la hipótesis predictiva de que los últimos serán los primeros, pues convirtió la acepción [1.1] en inicial o preferente:

[1.1] raça o raza: race, lignee, generation; prole, stirpe, legnaggio.
[2.2] raça del sol: rayon du soleil que donne par quelque fente; vna spera di sole, che entri per vna fessa.
[2.4] raça del paño: vne raye au drap; vna rega nel drappo.

Los siguientes lexicógrafos bilingües nada nuevo añaden. Mientras que Mez de Braidenbach (1670) definirá en alemán raça [1.1] y raça del sol [2.2], por ese orden, Minsheu (1617) había traído de Nebrija las acepciones [2.2] y [2.4], y situó también en primer lugar [1.1] raça: cásta.
Un rayo de sol, un paño raído, una raíz del fruto de la tierra; rayo, raído, raíz: las razas de que hablaban nuestros aliterativos tatarabuelos, in illo tempore… Pero antes de concluir que la palabreja, en aquel remoto mundo preindustrial, remitía a los astros, los telares y los linajes —cuando sus ancestros eran grecolatinos—, y a las entrañas de la tierra —cuando lo fueran árabes—, tendremos que comprobar si los primeros lexicógrafos, definiendo raza, llevaban razón. Que la racionalidad exige revisar una y otra vez los datos disponibles antes de interpretarlos. Paciencia, pues, y esfuerzo o empeño (studium).
Para no precipitarse en el abismo de la postverdad.

[1] Los doce diccionarios que mencionaré, tras consultarlos ahí, son los de Antonio de Nebrija, Vocabulario español-latino (Salamanca, 1494), ampliado en el Vocabulario de romance en latín […] nuevamente corregido y augmentado más de diez mil vocablos […] (Sevilla, 1516); fray Pedro de Alcalá, Vocabulista arávigo en letra castellana […] (Granada, 1506); Cristóbal de las Casas, Vocabulario de las dos lenguas toscana y castellana (Sevilla, 1570); Richard Percival, Bibliothecae Hispanicae pars altera. Containing a Dictionarie in Spanish, English and Latine (Londres, 1591); Francisco López Tamarid, Compendio de algunos vocablos arábigos introduzidos en lengua castellana en alguna manera corruptos, de que comúnmente usamos (Granada, 1585); Juan Palet, Diccionario muy copioso de la lengua española y francesa […] (París, 1604); César Oudin, Tesoro de las dos lenguas francesa y española […] (París, 1607); Francisco del Rosal, Origen y etymología de todos los vocablos originales de la Lengua Castellana. Obra inédita de el Dr. Francisco de el Rosal, médico natural de Córdova, copiada y puesta en claro puntualmente del mismo manuscrito original, que está casi ilegible, e ilustrada con alguna[s] notas y varias adiciones por el P. Fr. Miguel Zorita de Jesús María, religioso agustino recoleto (manuscrito de h. 1790); Girolamo Vittori, Tesoro de las tres lenguas francesa, italiana y española (Ginebra, 1609); John Minsheu, Vocabularium Hispanicum Latinum et Anglicum copiossisimum, cum nonnullis vocum millibus locupletatum, ac cum Linguae Hispanica Etymologijs […] (Londres, 1617), y Nicolás Mez de Braidenbach, Diccionario muy copioso de la lengua española y alemana hasta agora nunca visto, sacado de diferentes autores […] (Viena, 1670), título que une, algo contradictoriamente, el exceso de márketing o mentira con el reconocimiento a los lexicógrafos anteriores. Sobre los primeros diccionarios, M. Á. Esparza Torres, «Los inicios de la lexicografía en España», en Historiografía de la lingüística en el ámbito hispánico. Fundamentos epistemológicos y metodológicos, ed. J. Dorta et al., Madrid, Arco Libros, 2007, pp. 231-268.


domingo, 16 de abril de 2017

IV, 17. Lengua lineal y lengua en estratos

Una experiencia compartida: cuando se explica la lengua propia a estudiantes no nativos, preguntan estos por asuntos que uno ni se había planteado. Suele ser porque quien aprende una lengua ajena espera que ésta responda a los mismos criterios que la materna y, sobre todo, que ofrezca soluciones lógicas o planas. Por ejemplo, en lo que acabo de escribir, «cuando se explica…», la regla poliédrica cuando = si rompe los esquemas, porque, como los niños, quienes aprenden otra lengua requieren soluciones unívocas. Pretenden una lengua lineal, con una sola dimensión: una lengua artificial en que si fuera marca exclusiva de condicionalidad y cuando marca exclusiva de temporalidad.

sábado, 15 de abril de 2017

IX, 40. Retrogusto cartaginés

Ah de las pruebas…: a cuenta del soneto XXXIII de Garcilaso, sostiene Vranich que los poetas españoles del XVI sustituyeron las ruinas romanas por las cartaginesas, pues demasiado próximo estaba el Saco de Roma (1527) como para remover remembranzas del solar que las tropas de Carlos V dejaron en la Ciudad eterna[1]. Qué sencillo suponer sin documentar. Los ritmos de la historia de la poesía, por lo demás, no coinciden con los que ahorman la general: si para los poetas de 1927 resultaron más relevantes los cancioneros del XV y del XVI que la dictadura de Primo de Rivera, para Garcilaso y Cetina, aunque soldados, fueron decisivas las combinaciones, que se hicieron virales, de Castiglione sobre Roma (C = RT3 + Y1) y Tasso sobre Cartago (T = RcT1 + Ya3). La coctelera del XXXIII, también titulado A Boscán desde la Goleta, había obtenido, mezclándolos, esta nueva fórmula: G = RcT3 + Ya1.

domingo, 19 de marzo de 2017

IX, 39. Veinticinco años de caballería enamorante


mi corazón por una galopada
Olga Bernad

La caballería enamorante del XIX se desintegra en un cuarto de siglo: si don Luis de Vargas consiguió muy pronto (Edad de Oro) los favores de una predispuesta Pepita, a don Álvaro Mesía le costó muchas rondas y esfuerzos muchos (Edad de Plata) predisponer a la Regenta. En la Edad de Hierro de las bicicletas, Frasquito Ponte, sin el don del tratamiento y de la equitación, acabó rechazado por su corcel y descabalgado. Vencido por las bicis. Don Luis se habría sentido sobre una bicicleta tan ridículo como a lomos de su mula vieja, y don Álvaro nunca habría pedaleado ni hecho el caballito. Con la expresión empleada por el personaje de Ronzal en La Regenta, ellos no hubieran aguantado ancas (II, 20).

sábado, 18 de febrero de 2017

IX, 38. «No vaya a tirarle al suelo», Frasquito

En Misericordia (Madrid, Viuda e Hijos de Tello, 1897), el corcel de la caballería enamorante no ensalza ya, sino que humilla, y sólo sombra es, vaga aspiración de una frustrada burguesía. Galdós, otro liberalote, retrata el presente ruinoso de nostálgicos venidos-a-menos, y vislumbra un futuro que será esperanzador si lo conforman personajes como Benina, representante de un pueblo que dejaría de serlo si cabalgara.